sábado, 2 de agosto de 2008

Utopía de una Ciudad de Dios en el Nuevo Mundo.

UNIVERSIDAD VERACRUZANA.
Facultad de Arquitectura.
Materia: Urbanismo.
Catedrático: Dr. Arq. Daniel R. Martí Capitanachi.
Ensayos y reflexiones.

Utopía de una Ciudad de Dios en el Nuevo Mundo.

•Concepción europea del Nuevo Mundo.
La transmisión de las ideas acerca del Nuevo Mundo a través de la literatura, generó entre los europeos de los siglos XVI y XVII la noción de tierras ricas en recursos naturales, habitadas por sociedades que si bien evolucionadas, se conformaban por individuos de costumbres perversas. La abstracción suma de esos hombres la hace Tomas Hobbes en el siglo XVII con el homo homini lupus.

"En el Leviathan, los americani son mencionados expresamente como ejemplo del carácter de lobo del hombre en estado natural...El estado natural de Hobbes es una tierra de nadie pero no por ello, en modo alguno, una cosa que no está en ninguna parte. Es localizable y Hobbes lo localiza ...en el Nuevo Mundo."(Schmitt,1979,89).


A los primeros relatos de ese Nuevo Mundo atribuidos a Cristóbal Colón y Pedro Mártir de Anglería, que al referirse a la tierra descubierta señalaron la presencia de grupos humanos habitantes de una especie de paraíso, siguieron otros más que divulgaron costumbres exóticas, sanguinarias y malignas de las civilizaciones encontradas. Ejemplo de estos relatos son el Sumario de la Historia Natural de Gonzalo Fernández de Oviedo y La Crónica de Francisco López de Gómara, biógrafo de Hernán Cortés.

González de Oviedo en su Historia Natural asentó:
"esta gente de su natural es ociosa e viciosa, e de poco trabajo, e melancólica e cobardes, viles e mal inclinados e de poca memoria e de ninguna constancia ... Así como tienen el casco grueso, así tienen el entendimiento bestial e mal inclinado".

Señaló además los numerosos "delitos e abominables costumbres e ritos"... López de Gómara por su parte al referirse a los aztecas, afirmó que se trataba de una sociedad dominada por el demonio. "Nunca hubo, a lo que parece, gente más ni aún tan idólatra como ésta; tan matahombres, tan comehombres." (Florescano, 1994, 300)

Es de notarse que ambas apreciaciones de lo descubierto se basaron en un entendimiento del mundo según la visión cristiana, e incluso, justificaron en la idea del mismo Dios, la intervención de los europeos como providencial y salvadora de estos grupos humanos:
"Si el diablo había tomado posesión de los indígenas, induciéndolos a adorar dioses falsos y a practicar sacrificios horrendos, Dios había elegido a los reyes, capitanes y misioneros españoles como instrumentos de la liberación." (Florescano, 1994, 300)



•La labor de los misioneros.
Correspondió justamente a los misioneros inculcar entre los indígenas la religión cristiana, con el propósito doble de apartarles de la idolatría -a la que entendían como demoníaca en el sentido cristiano- para acercarles a un sólo Dios omnipresente y omnipotente, así como para legitimar la conquista. Andrés de Olmos y Fray Toribio de Benavente, entendieron que la encomienda recibida consistía en el desposeimiento demoníaco a través de la conversión religiosa a cristiana.

A Benavente, a quien los indígenas denominaban Motolinía, se atribuyen grandes obras de humanismo que acompañaron al discurso para propagar la palabra del Dios cristiano; también de él se expresa su asombro por el desarrollo de las civilizaciones indígenas, mismo que descalificó como bueno, al atribuirlo al demonio. A la manera de San Agustín establecida en la Ciudad de Dios, comparó a las civilizaciones indígena y europea como si se tratasen de núcleos paganos -los romanos-, y cristianos.

•La propuesta de San Agustín.
Efectivamente, en el Siglo V San Agustín, Obispo de Hipona, escribió durante catorce años su obra denominada La Ciudad de Dios, que compuesta por diez libros pretende primero, exonerar a la religión cristiana y a sus seguidores de la caída del Imperio Romano, atribuyendo este fenómeno a las costumbres paganas y viciadas de los habitantes de esa ciudad; en segundo término, comparó a una ciudad terrenal respecto de una ciudad de Dios, creada por los ángeles, donde todas las bondades subyacían para beneficio de sus habitantes y originadas por ellos mismos, dado su obediencia a los mandamientos de Dios.



Expresa San Agustín, al referirse a la parte de su libro que se relaciona con el combate a los paganos:
"Creo que en estos cinco libros he discutido bastante contra aquéllos que, por razón de la felicidad de la presente vida, creen que debemos adorar a sus dioses, y se oponen al nombre cristiano por creer que les impedimos su felicidad. En adelante, según prometí en el primer libro, tengo que hablar contra aquéllos que, por razón de la vida que sigue a la muerte, juzgan necesario el culto de sus dioses, sin saber que cabalmente por esa vida somos nosotros cristianos." (San Agustín, 1992, XXV)

Esta noción es la que trasciende e inspira la actividad de los misioneros en el Nuevo Mundo; a partir de ella establecen una lucha para destruir la idolatría politeísta, en razón de conseguir que los pueblos indígenas se apartaran de una idea pagana de la realidad y aceptaran un orden universal creado por mandato divino, proveniente de un dios único, el cristiano.



•Las dos ciudades: una terrena y otra celestial.
En el libro undécimo de su obra, San Agustín expresa el principio de las dos ciudades entre los ángeles: una terrena y la otra celestial. Si bien es cierto que el concepto de utopía no aparece sino hasta el siglo XVI, a través de la obra de Tomás Moro, también es cierto que la propuesta de San Agustín puede considerarse como tal, en tanto que persigue demostrar un ideal a alcanzar que surge como respuesta a una realidad concreta que le inconforma, idealidad a través de la cual pretende señalar que las cualidades de la ciudad de Dios, como emuladoras del reino de los cielos, son factibles de encontrarse en el mundo terrenal, siempre que sus habitantes modifiquen su actitud, de tal forma que sus pensamientos y sus acciones rindan culto al verdadero Dios.

Cabe mencionar que en esta propuesta de San Agustín, además de un motivo teológico, subyace otro de carácter político, en el que se pretende escindir y distinguir entre las potestades divinas y civiles, como rectoras del orden social y económico.
"..sabemos que hay una ciudad de Dios, cuyos ciudadanos deseamos ser con aquella ansia y amor que nos inspiró su divino Autor. Al Autor y Fundador de esta Ciudad Santa quieren anteponer sus dioses los ciudadanos de la Ciudad terrena, sin advertir que es Dios de los dioses, no de los dioses falsos, esto es de los impíos y soberbios, que estando desterrados y privados de su inmutable luz, común y extensiva a toda clase de personas, y hallándose por este motivo a una indigente potestad, pretenden en cierto modo sus particulares señoríos y dominio, y quieren que sus engañados e ilusos súbditos los reverencien con el mismo culto que se debe a Dios, sino que es Dios de los dioses piadosos y santos, que gustan más de sujetarse a sí mismos a un sólo Dios, que sujetar a muchos a sí propios; adorar y venerar a Dios más que ser adorados y reverenciados por dioses." (San Agustín, 1992, 241)

•Sobre la posibilidad de alcanzar la Ciudad Celestial.
Propone San Agustín la omnipresencia del Dios cristiano, haciéndola pertenecer a todos los hombres en cuanto cristianos. Además, basándose en la imagen de la Santísima Trinidad, señala que es posible conseguir la idealidad de la Ciudad de Dios, aún cuando no pertenezca al mundo de lo terrenal, pero posible de alcanzar a través de los actos de la cristiandad.

"Porque nosotros somos y conocemos que somos y amamos nuestro ser y conocimiento. Y en estas tres cosas que digo no hay falsedad alguna que pueda turbar nuestro entendimiento; porque estas cosas no las atinamos y tocamos con algún sentido corporal como hacemos con las exteriores, como el color con ver, el sonido con oír, el olor con oler, el sabor con gustar, las cosas duras y blandas con tocar; y también las imágenes de estas mismas cosas sensibles que son muy semejantes a ellas, aún cuando no son corpóreas, las revolvemos en la imaginación, las conservamos en la memoria y por ellas nos movemos a desearlas, sino que sin ninguna imaginación engañosa de la fantasía, me consta ciertamente que soy, y que eso lo conozco y amo... ¿cómo me engaño que soy, siendo cierto que soy si me engaño?". (San Agustín, 1992, 258-259)

•Noción acerca de la Ciudad Terrena.
Al referirse a la ciudad terrena, lo hace también a la paz y a la guerra que en ella se suscitan. A la primera, como al estado necesario para el disfrute de los bienes que se apetecen en la ciudad; y a la guerra, como al medio necesario para conseguir nuevas tierras, nuevos bienes y otros estados de paz subsecuentes donde los bienes obtenidos se puedan disfrutar; sin embargo, estos ciclos traerán por consecuencia la destrucción de la ciudad.

"La ciudad terrena, que no ha de ser sempiterna, porque cuando estuviere condenada a los últimos tormentos no será ciudad, en la tierra tiene su bien propio, del que se alegra como pueden alegrar tales cosas..." (San Agustín, 1992, 334)



San Agustín ejemplifica lo anterior, con la fundación de Roma, producto del fratricidio entre los hermanos Rómulo y Remo, en la que a un período de guerra -en este caso carnal-, continúa una etapa de paz a la que se suceden nuevas guerras.
Para explicar la posibilidad de fusión de las ciudades de Dios y terrena en un sólo sitio, recurre en contra de los sabios del mundo a su argumentación de cómo los hombres pueden trasladarse a la morada del Señor y explica:
"¿Que razón hay para que nos admiremos de que las almas incorpóreas, que son más excelentes que los cuerpos celestes se junten con los cuerpos terrenos, y sí de que los cuerpos terrenos vayan a las mansiones celestiales, siendo corpóreos, sino porque estamos acostumbrados a ver aquéllo formando lo que somos, y esto aún no lo somos ni hasta ahora jamás lo hemos visto. Bien reflexionado hallaremos que es obra más admirable de la mano divina unir y trabar en cierto modo lo corpóreo con lo incorpóreo, que el juntar cuerpos con cuerpos, aunque sean diferentes, los unos celestiales y los otros terrenos". (San Agustín, 1992, 567)

•El libre albedrío como medio para acceder a la Ciudad de Dios en la Tierra.
La utopía la establece San Agustín en dos líneas; la primera, al describir el estado ideal que para los hombres entraña la ciudad de Dios, mientras que la segunda, al señalar como accesible a esta ciudad, en el mundo terreno.
"¿Cuán grande será aquella bienaventuranza donde no habrá mal alguno ni faltará bien alguno, y nos ocuparemos en alabar a Dios, el cual llenará perfectamente el vacío de todas las cosas en todos?. Porque no sé en que otra ocupación se empleen, donde no estarán ociosos por vicio de la pereza, ni trabajarán por escasez o necesidad. Esto mismo me lo insinúa también aquella sagrada canción donde leo u oigo los bienaventurados Señor, que habitan en tu casa para siempre te estarán alabando...Habrá allí verdadera gloria...Habrá verdadera honra...Allí habrá verdadera paz". (San Agustín, 1992, 601)

"No dejarán -los hombres terrenales- de tener libre albedrío porque no puedan deleitarse con los pecados. Pues más libre estará de la complacencia de pecar el que se hubiere libertado hasta llegar a conseguir el deleite indeclinable de no pecar. Pues el primer libre albedrío que dio Dios al hombre cuando al principio le creó recto, pudo no pecar, pero también pudo pecar. Más este último será tanto más poderoso cuanto que no podrá pecar...Tendrá aquella ciudad una voluntad libre, una en todos y en cada uno inseparable, libre ya de todo mal y llena de todo bien, gozando eternamente de la suavidad de los goces eternos, olvidada de las culpas, olvidada de las penas, y no por eso, olvidada de su libertad, por no ser ingrata a su libertador". (San Agustín, 1992, 602)

•Repercusiones de las ideas de San Agustín en la Conquista del Nuevo Mundo.
Todas estas ideas influyeron en el ánimo del misionero que llegó al Nuevo Mundo, y en particular a México, donde diez siglos después de creada la utopía de San Agustín respecto de ubicar en lo terrenal a la ciudad de Dios, quiso encontrar en este territorio, el espacio apto para tal fin, ya que se encontraba libre de las disputas económicas y políticas europeas, y las civilizaciones que en estas tierras se encontraron debían ser convertidas al cristianismo, para que sus hombres virtuosos, por convencimiento propio, basado en un libre albedrío guiado por la fé cristiana, se constituyeran en los moradores de la ciudad de Dios. Tal fue el propósito de la orden franciscana, preferentemente.



Al trabajo del misionero se añadió el del encomendero, y a éste le correspondió tratar con los modos de producción económica, teniendo como base del trabajo a la fuerza del indio cristianizado. La conversión al cristianismo implicó en el indígena la aceptación de la sustitución de la figura dominante en la estructura económica de la realidad a la que estaba acostumbrado. Pasó de ser siervo del emperador, del sacerdote politeísta o del guerrero, para serlo del encomendero. Sustituyó el fruto de la tierra al que tenía derecho como producto de su trabajo, por el que le era dado como gracia de Dios. Aceptó un nuevo modelo de repartición de la tierra, en el que perdió la posibilidad de ser propietario cuando se trataba de tierras comunales, para hacer ganar al encomendero, al clero y a la corona española, el territorio conquistado. Es decir, que a la aproximación a conseguir la utopía que implicaba la ciudad de Dios, se opuso un despojo a una estructura territorial establecida, vigente y positiva, que prevalecía entre los pueblos prehispánicos bajo la hegemonía azteca, hasta antes de la conquista.

En efecto,"...la apropiación de la tierra ajena y la sujeción de las poblaciones indígenas se tornaron en acciones legítimas porque con ellas se realizaba el propósito de cristianizar a los paganos y sembrar la civilización en la tierra bárbara. De esta manera cada episodio de la invasión española en el territorio americano, cobró sentido de un mandato divino." (Florescano, 1994, 301)

Sin embargo, en oposición a ese reino de tinieblas establecido por el pensamiento occidental cristiano, se erigía una sociedad que si bien politeísta, mantenía un grado de desarrollo tal, que como producto concreto, establecía en su Derecho, las distintas formas de propiedad que fueron avasalladas por la conquista, y que situaban al habitante en tres posiciones diferentes.

•Organización prehispánica de la propiedad del suelo.
En el Derecho prehispánico del Valle de Anáhuac se reconocía la noción de propiedad del suelo bajo tres acepciones distintas: propiedades del rey, de los nobles y los guerreros; propiedad del pueblo y, propiedad del ejército, de los dioses y otras instituciones públicas.



Respecto del primer grupo, el habitante del Valle de Anáhuac y de sus dominios, prestaba sus servicios al rey, a los nobles o a los guerreros, a quienes correspondía la propiedad plena y tenían derecho a parte de los frutos de la tierra, ya que otra porción, correspondía al trabajador como producto de su trabajo. Es decir, había una retribución directa respecto de los frutos, aunque no se generaba ninguno derecho sobre la tierra trabajada.

En el segundo grupo, se ubica la posición del habitante indígena respecto de las tierras del pueblo, los calpullis, mismas que eran trabajadas en forma comunal para la subsistencia de la clase trabajadora, con derecho al usufructo individual, dado que la propiedad correspondía plenamente al grupo social. Esto es, coexistían la noción de propiedad y de usufructo, la primera, comunal, y la segunda, individual.

En la tercera y última posición se realizaban faenas por los individuos en tanto integrantes del grupo social, que se apartaban del vasallaje hacia el rey, o de la labor comunal, para labrar tierras cuyo producto se destinaba al sostenimiento de las instituciones públicas, ya civiles o teocráticas.(Garfias, 1993, 100)

•La utopía, sus medios de consecución y sus consecuencias. La intervención de Fray Bartolomé de las Casas.
Ante el despojo y excesos cometidos por los españoles en los bienes y las personas de los indígenas, personajes como Fray Bartolomé de las Casas propugnaron por un trato más humanitario y justo, nacido de los reclamos de los indígenas que al paso del tiempo, reflexionaron sobre los beneficios prometidos y no recibidos.
"En su Memorial de Remedios, la denuncia de la desaparición de millones de indígenas fue seguida por el reclamo de terminar con la encomienda. Demandó que en adelante el trabajo de los indios fuera remunerado y sujeto a regulaciones precisas de tiempo y buen tratamiento." (Florescano, 1994, 306)



Nuevamente, se propuso la construcción de una ciudad ideal, basada también en la utopía de San Agustín, aunque el ejemplo no se ubicara territorialmente en México.
"Propuso reunir a los naturales en pueblos gobernados por religiosos y apartados de las villas de españoles. También se empeñó en estimular la emigración de agricultores. Condenó la guerra y las incursiones para hacer esclavos y sugirió atraer a los naturales mediante el comercio y la conversión pacífica. Un ministro de Carlos V le tomó la palabra y le otorgó una concesión para fundar una colonia modelo en Cumaná, sobre la costa septentrional de Venezuela. Las Casas nunca pudo reclutar el número deseado de campesinos ni crear una colonia asentada en la agricultura, el comercio y el trato pacífico con los indios. Su experimento fracasó y en 1524 abrumado por el desastre decidió ingresar a la orden de los dominicos.”

•La influencia de Maquiavelo acerca de la fundación de las ciudades.
La idea de Las Casas para fundar ciudades de nativos apartadas del dominio español se inspiró también en el pensamiento político de Maquiavelo. Para combatir la ociosidad, Maquiavelo aconsejaba al Príncipe que la fundación de las ciudades se hiciera sobre tierra estéril, pero argumentaba en contrario que la tierra fértil era un medio idóneo para tal fin, cuando se regía la actitud de los habitantes de las ciudades que en ella se fundaran.



"La esterilidad del suelo precisará a los habitantes al trabajo, del que tendrán necesidad para proporcionarse medios de vivir, y esta necesidad les impedirá dejarse llevar de la ociosidad...No obstante valdrá más edificar las ciudades en medio de un terreno fértil, cuando por medio de buenas leyes se pueda obligar a los habitantes a ocuparse, a trabajar, aún en medio de los más abundantes presentes de la naturaleza, lo cual se vio en la feliz constitución de Roma." (Maquiavelo, 1992, 183)

Ante los prolijos embates de los seguidores de Las Casas ante el emperador Carlos V, éste convocó a una reunión de juristas en Valladolid. En esa reunión, Ginés de Sepúlveda, haciendo suyos argumentos aristotélicos, justificó el dominio español sobre los indígenas, sostuvo la compatibilidad de la moral cristiana y la conquista armada, y exageró cuando comparó a los nativos con monos. La respuesta fue unánime de desaprobación.

•La ciudad de Dios, un nuevo modo de entendimiento de la fé cristiana.
Fray Bartolomé de Las Casas, ya como dominico y en los últimos años de su vida, realizó obras de antropología comparada, destacando entre ellas La Historia de las Indias y la Apologética Historia Sumaria. La historia narra su condena a las expediciones, conquistas y formas de poblamiento españolas, dada su experiencia previa.



"Las Casas vio confirmadas las ideas expuestas por San Agustín en La Ciudad de Dios en el arrasamiento del paraíso terrenal americano. Según esta interpretación, la única salvación posible estaba en la iglesia, en la ciudad de Dios, no en el mundo terreno. Su condena inflexible a los soldados, encomenderos, conquistadores y autoridades equivalía a expulsarlos de la ciudad divina. Por otro lado, en la vida terrena, esa condena puso en entredicho la legitimidad del imperio español y se convirtió en la argumentación política más influyente que se ha hecho de los derechos humanos de las poblaciones originarias de América." (Florescano, 1994, 311)




BIBLIOGRAFIA.
FLORESCANO, Enrique.
Memoria mexicana.
Editorial Fondo de Cultura Económica, Segunda edición.
México, 1994.

GALINDO Garfias, Ignacio.
Derecho Civil.
Editorial Porrúa, S.A., Décima Segunda Edición, 758p.
México, 1993.

MAQUIAVELO, Nicolás.
El Príncipe.
Editorial Época, S.A., Edición anotada, 192p.
México.

PAZ, Octavio.
El Ogro Filantrópico. Historia y Política. 1971-1978.
Editorial Joaquín Mortiz, S.A., Primera Edición, 348p.
México, 1979.

SAN AGUSTIN.
La Ciudad de Dios.
Colección Sepan Cuántos No. 59.
Editorial Porrúa, S.A., Décima Primera Edición, 625p
México, 1992.

SCHMITT, Carl.
El Nomos de la Tierra en el Derecho de Gentes del Jus Publicum Europaeum.
Editorial Centro de Estudios Constitucionales, 443p.
Madrid, 1979.

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4 comentarios:

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